jueves, 10 de noviembre de 2011

ARTE Y CULTURA TEMPRANA




La presencia de los españoles en Mesoamérica -además de las razones y beneficios económicos que les reportarían los nuevos territorios- tenía un sentido religioso: ellos recién habían liberado su territorio del islam, poseían una monarquía profundamente católica y, a lo largo de la vida colonial, se transformaron en los defensores del papado y el catolicismo frente a la reforma protestante y las otras religiones. Salvar las almas de los indígenas era una de sus mayores prioridades. El peso del catolicismo en las empresas españolas también se manifestó en una buena parte de sus obras artísticas: su arquitectura, escultura y pintura nacieron y vivieron como un espacio sagrado y como objetos cuyo principal destino era la adoración de Dios.



La fusión de dos culturas

A pesar de la gran importancia que tenía para los españoles el vínculo entre la divinidad y las artes, los habitantes del Nuevo Mundo comenzaron a unir su visión del mundo con las creaciones de los peninsulares: las artes novohispanas no eran españolas y católicas en un sentido absoluto; en ellas, si se observa con cuidado, existe un dejo indígena.


Arquitectura

La llegada de los españoles y sus religiosos implicó la necesidad de edificar un mundo: ellos no estaban dispuestos a vivir y oficiar en construcciones indígenas. Por esta razón, las ciudades cambiaron su rostro, las urbes indígenas dieron paso a poblaciones perfectamente cuadriculadas donde los edificios mezclaban las ideas estéticas de Europa con los materiales y la mano de obra de los naturales. Por su parte, los religiosos no sólo estaban obligados a promover la construcción de sus templos y monasterios, sino que -en cierto sentido- debían adaptarlos a las nuevas necesidades: a pesar de que las iglesias no perdieron su planta en forma de cruz, surgieron capillas abiertas que invitaban a los indígenas a practicar la nueva fe en condiciones espaciales muy parecidas a las del pasado. Asimismo, las distintas órdenes promovieron el desarrollo de diferentes estilos arquitectónicos que pretendían resaltar las virtudes y características de sus sacerdotes, como ocurrió en la austeridad de las construcciones de los franciscanos. Evidentemente, las modas también afectaban a las construcciones y, justo por ello, no resulta extraño que en el territorio novohispano convivan edificios barrocos, neoclásicos y con tintes rococó.


El pincel y el cincel

La situación de la pintura y la escultura novohispana no era muy diferente de la arquitectura: la mayor parte de su producción estaba marcada por el mestizaje y tenía un destino sagrado, aunque, en ciertas ocasiones, mostraba un rostro cívico gracias a las esculturas ecuestres -como la estatua de Carlos IV esculpida por Manuel Tolsá- o los cuadros de castas que intentaban mostrar y enseñar las regulaciones que caracterizaban la vida de la gente de color. Quizá, una de las características más interesantes del arte colonial sea posterior al inicio del culto guadalupano, cuando los pinceles y los cinceles iniciaron un largo viaje en pos de un nuevo rostro para el virreinato, un rostro lejano de los peninsulares y la Corona y cercano al espejo que reflejaba el nacionalismo que definiría un nuevo rumbo para Nueva España.






ARTE Y CULTURA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX: EL NACIMIENTO DE LAS VANGUARDIAS ARTÍSTICAS, 1848-1918

El período que media entre 1848 y 1918 se encuentra caracterizado en el terreno cultural y artístico por la fustración de las esperanzas depositadas en las revoluciones de 1848, que generó un repliegue de los artistas sobre sí mismos, explicitado en la expresión de el arte por el arte, y la apertura de la conciencia de crisis, que preludia el estallido de la primera guerra mundial, verdadero cierre de un siglo que se había inaugurado con las expectativas abiertas por la Revolución francesa y que finalizó, en el plano cultural, con el decadentismo paradigmático de la Viena fin de siglo, acidamente denunciado por la afilada pluma de Karl Kraus.


A lo largo de estos setenta años, la civilización occidental, que se ha enseñoreado del planeta mediante la expansión militar y económica de los imperios europeos, combinó la plenitud del proyecto ilustrado y, consecuentemente, el agotamiento formal de los caminos abiertos por la Ilustración, con la aparición de las primeras rupturas, ejemplificadas en la poesía imposible de un Mallarmé o el grito agónico de la pintura de un Edvard Munch, por no mencionar la locura final de un Nietzsche que, más que anunciar la muerte de Dios, estaba señalando la muerte del hombre nacido con la Modernidad. Rupturas que iban a dar lugar a la aparición de las vanguardias artísticas que han caracterizado la cultura occidental del siglo XX. Vanguardias que pueden ser interpretadas como el canto de cisne de una civilización que, una vez recorridas todas las sendas posibles, incluidas las de su negación más radical, ha quedado exhausta, instalada en la contemplación manierista y autocomplaciente de lo realizado.



En efecto, si bien es cierto que el arte contemporáneo no puede ser interpretado simplistamente como la evolución del arte del siglo XIX, no es menos cierto que los caminos transitados por las vanguardias en los dos primeros tercios del siglo XX pueden ser leídos como la culminación del proyecto ilustrado, pues su propia negatividad respecto de la Ilustración sólo es posible a través de la existencia de la misma.


Pero comencemos por el principio. Hemos dicho que el arte contemporáneo no nació de la evolución del arte del siglo XIX, sino de la ruptura con el mismo. Cabría preguntarse: ¿ruptura con qué?. Si contemplamos la cultura occidental como un todo, esto es, como civilización, por encima de los diferentes brazos que surgiendo del caudal principal desembocan en el amplio delta del fin de siècle, o


bservaremos la amplia unidad que media entre el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, como hemos intentado analizar en el capítulo dedicado a la ciencia y al pensamiento del período. Cuando hablamos de ruptura nos estamos refiriendo, por tanto, a algo más que a una simple ruptura artística; cuando hablamos de Krisis nos referimos a una crisis civilizatoria, que va a recorrer todos los órdenes de la cultura occidental surgida durante el Renacimiento y configurada plenamente con la Ilustración. En este sentido, las rupturas que en el plano artístico van a sucederse en el último tercio del XIX, y que dieron origen a las vanguardias, pueden interpretarse como la manifestación más amplia de la Krisis que atraviesa a la civilización occidental en su momento de máximo esplendor.


En 1848, la ola revolucionaria que había inaugurado la Revolución francesa quedó agotada. La siguiente convulsión que asoló Europa, la Comuna de París, respondía ya a otros patrones. Es el cuarto estado, si queremos utilizar la terminología del abate Sièyes, el que hizo su irrupción como protagonista en la historia de Europa, o por usar una acepción más acorde con los acontecimientos de 1871: el proletariadopensado por Marx.




El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida participa, una año más, en la XI edición de la Semana de la Ciencia, Año Internacional de la Química, con la actividad 'El color de Roma'.


Bajo este lema, los Departamentos de Investigación, Conservación y Educación han programado distintas actividades para tratar un "interesante asunto", la restitución de la policromía estatuaria.






Descubrieron aldeas construidas por los Garamantes, una tribu de nómadas bárbaros que resistió al Imperio Romano. Están en medio del desierto del Sahara, y su origen oscila entre los siglos I y IV después de Cristo.


Un equipo británico se ha servido de satélites y fotografías aéreas para identificar los restos en uno de los lugares más inhóspitos del desierto. Se compone de más de un centenar de granjas fortificadas y aldeas con estructuras en forma de castillos, además de varias poblaciones.





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